Cuando teníamos 21, éramos unos inmaduros para unos, irresponsables para otros, -era la edad universal para poder comprar alcohol legalmente-, pensábamos, -y también para emanciparnos si queremos-, parecíamos perdidos también, ante la incertidumbre de un futuro incierto, dubitativo por la falta de empleo en México, por el enriquecimiento de sólo unos cuántos, por la corrupción en las altas esferas políticas que gobiernan el país.
Cuando teníamos 21, la vida pues, estaba plagada de dudas, pero también de ganas de comerse al mundo y de tener éxito en lo que realmente poníamos todas nuestras ganas...¿Teníamos la edad suficiente para exigir nuestros derechos humanos?, teníamos la edad perfecta...
Y sin embargo al mirar hacia afuera, nos encontrábamos con el panorama más triste jamás visto: Una oligarquía aferrada como perros al poder, dispuesta a dejarlo ir sólo muriendo, monopolios de información que logran sin violencia, manipular a las masas para entregar el voto a un candidato que poco o nada les retribuirá esa amabilidad, ante un sistema electoral ineficaz y pasivo, pero sobre todo, ante un México apático y sobradamente conformista, -que así ha sido durante mucho tiempo-, cuando se trata aún, de las decisiones de las cuales dependerá nuestro futuro y el de nuestra descendencia.
Mas observábamos también otro Zeitgesit, otro espíritu en el país: -Éramos jóvenes, sí-, y tal vez inmaduros también, pero teníamos algo, teníamos la fortuna de haber caído al mundo en un momento en el que la televisión y los medios impresos en el país han dejado de ser el principal educador de las masas, un momento donde sabemos que existen cortinas de humo que nos quieren impedir ver más allá de lo debido, donde las reglas de conducta, de belleza y de lo políticamente correcto, son regidas por el actriz de moda, por el conductor de noticieros más famoso, por el deportista que hace nuestros sus logros personales, por el candidato que minimiza sus errores y engrandece sus triunfos y que con ayuda de viejas mañas, fuertes amistades y el apoyo de las televisoras, se nos quiere imponer como salvador del país, como alguien que nos sacará de la pobreza, violencia y corrupción en la que estamos sumergidos, pero que a todas luces aparece como un personaje ignorante, poco conocedor de las necesidades de un país, ineficaz como mandatario estatal, -¿Comprometido conmigo?, comprometido en gastar el dinero público en tiendas de ropa en Beverly Hills...
En nuestro deber, como jóvenes, como estudiantes, pero sobre todo, como mexicanos, de ser revolucionarios por una vez en nuestra vida, no se trata de pedir aumentos al salario, mejores condiciones de trabajo, o trato digno a los indígenas; Se trata de NUESTRO futuro como nación, de NUESTROS hijos, NUESTRA paz y NUESTRO progreso, un futuro prometedor y colectivo, que abarque a todos los mexicanos, sin exclusión alguna, y JUNTOS, construir un país del que - de una vez por todas-, nos podamos sentir completamente orgullosos.
Cuando teníamos 21, México comenzó a despertar...
Daniel Pazarán, 18 de mayo de 2012.

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